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sábado, 20 de julio de 2019

Seudónimo

A veces pienso que escribir bajo seudónimo habría sido la mejor opción, pero me ilusionaba demasiado ver mi nombre en la gran tienda de Amazon que no me detuve a pensar en los pros y contras de asignar mi firma a mis historias. El seudónimo agrega algo de independencia al escribir, nadie tiene por qué saber que eres tú ni quien está detrás de tu historia, el anonimato aporta ciertas libertades.

En relación al seudónimo, el año pasado participé en unos talleres de escritura (Literautas.com) en los que más o menos creé el personaje Agatha Mercury, una escritora con bloqueo de escritor, de acuerdo a la tarea que estaba asignada, y un personaje que pienso explorar en el futuro, cuando me desocupe de mis proyectos actuales, pero ese nombre Agatha Mercury me pareció tan pegajoso que desde entonces me he arrepentido de que no sea mi seudónimo. Sin embargo nunca es tarde cuando las ideas son buenas.

Recientemente he empezado a crear en Wattpad, una app en la que he querido escribir desde hace algún tiempo pero no había encontrado lo que quería contar allí hasta que cierta cosquilla que había tenido, la intención de contar mi propia historia, me movió a relatar una especie de diario en el que reflexiono, en entregas muy cortas, sobre las relaciones sentimentales y esos momentos especiales (y aquellos que no lo son tanto) en todo el proceso de estar enamorada. Lo he tomado como una forma de drenar lo que siento y de interpretar esas situaciones que parecen confusas en las relaciones de pareja.  

Pero Heartbreak Diary es apenas el principio de mis proyectos en Wattpad, espero poder escribir muchas historias allí también bajo una de mis formas, Agatha Mercury.


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viernes, 28 de diciembre de 2018

Lo mejor del año 2018



No estaba segura en venir a hacer esta entrada, pero después de todo, cuando me dispuse a revisar el blog, noté que hay muchas momentos que celebrar.
 

Primero debo pedir disculpas porque mi inpiración para escribir artículos estuvo bastante limitada, sin embargo conseguí elaborar estos pocos, sobre autopublicación, que espero le sirva a los autores independientes, y Unahistoria personal.
 

No obstante, no puedo decir que no me inspiré, pues, aunque me he perdido de por allí, encontré una página para escritores en la que participé con dos relatos: Agatha Mercury y La cueva del Dragón.
 

En 2018 se celebró el aniversario de dos de las novelas de Jane Austen: Persuasión, para la que elaboré una anotación que todavía está gratis en Prolific Works, y a la venta en Amazon. Sin embargo, he de confesar que fracasé en mi intento de hacer otro homenaje para Jane por Northanger Abbey. No lo descarto, no obstante.
 

Pero continuemos con las buenas noticias, también colaboré con la autora Mary Red en la ilustración de dos portadas para sus novelas que me hicieron mucha ilusión. 
 

Publiqué en Amazon el que pensé sería mi único trabajo del año, Dame una cita, Lucía, una novela con cuyo resultado me he sentido muy contenta, espero a ustedes también les guste. Y, a final del año, cuando no lo esperaba, me he sentído inspirada y conseguí publicar algo más en Amazon, Secret Santa, un romance navideño, que espero también les guste.
 

Son pocos días los que quedan pendientes para iniciar el 2019, y mis deseos son que sea de mucha salud y felicidad para todos.

¡Felices fiestas!

M.

martes, 8 de mayo de 2018

La Cueva del Dragón



Participando nuevamente en el taller de escritura de Literautas.com, "Móntame una Escena", presento mi siguiente relato, aunque, bueno, en realidad va a parecer (y es) una continuación del anterior, lo que posiblemente se confunda con un capítulo y no con el objetivo del ejercicio que es elaborar un relato, pero quise explorar lo de "montar la escena" en La Cueva del Dragón sin darle demasiada relevancia a lo anterior. Espero, de todos modos, no haberlo hecho tan mal, y espero también, como siempre, que les guste. 
Gracias por la oportunidad.
M.

La Cueva del Dragón
Tratando de que no se me note la vacilación me adentro en La Cueva del Dragón y poco a poco me acerco a mi objetivo, a él, la única persona a la que quizá le deba una explicación después de todos estos años.
—Pero miren a quién tenemos aquí —dice con altivez, secando uno de los vasos de sus clientes—, a la celebrada Agatha Mercury.
Éste es Alex, mi novio de la adolescencia, con el que todos en Spring Falls daban por sentado que iba a casarme. ¡Ja!, como si casarme hubiera estado entre mis planes entonces. O ahora.
—Muy gracioso —tomo asiento junto a la barra—. Sí, he vuelto —suelto delante de él, que ha estado observando mi ingreso a sus dominios desde que he puesto el primer tacón dentro del único bar de Spring Falls.
—¿Que no es este pueblo demasiado pequeño para una celebridad como tú?
—¿Qué no es tu ego demasiado grande para un bar tan pequeño?
—Mi bar y mi ego son equivalentes.
—¡Wow…! ¿Debo sentirme intimidada?
—Debes sentirte como que en cualquier momento puedo hacer uso de aquel cartel —señala un aviso de la puerta— y reservarme el derecho de admisión.
—Déjate de tonterías y sírveme un Cosmo.
Se ríe burlón, colocando el vaso entre la vajilla limpia y colgándose el trapo en el hombro.
—¿Qué te hace pensar que aquí servimos Cosmos? —se inclina sobre la barra, sonriendo con exceso de burla—. Sigues siendo la misma fresita que iba a Spring Falls High.
—Y tú sigues siendo el mismo arrogante de entonces.
—Sí, y hoy solo tenemos cerveza, cariño. Estás en Spring Falls, no en un episodio de Sex and the City. Aquí servimos cerveza. Y de la mejor.
Si algo tienen los locales de Spring Falls es su orgullo por la cerveza regional.
—Lo que sea.
Me sirve la cerveza en un tarro y lo coloca delante de mí. Le miro antes de dar un sorbo inseguro, pero al sentir el líquido frío y el alcohol desplegarse por mi piel cierro los ojos. El recuerdo de los momentos que viví durante mis años de adolescencia en Spring Falls, muchos con este chico que tengo delante, y el sabor de esta cerveza se hacen presentes y reflejo de que aunque me hubiera vuelto esta sensación literaria todavía pertenezco a este pequeño lugar.
¿Sintiendo la magia de los ocho grados de la súper birra?
Me despierto del ensueño y le miro con una mueca de desagrado.
—¿Se puede saber dónde están todos?
He visto algunas Belles pero Briana no está con ellas.
—¿Todos?
—Sí, todos: George, Anna, Briana, Hayes.
—Continuaron con sus vidas. Así como tú, así como yo. Ahora, si me disculpas, tengo que atender una situación.
Sale de la barra hacia el área del restaurant para intervenir en lo que parece una pelea. Dos hombres, motorizados por lo que se ve: barba, chaquetas de cuero negro, bandanas, guantes, de los muchos que deben pasar multiplicados por aquí, están a poco de irse a los puños; Alex, que es por lo menos diez kilos más delgado y diez centímetros más pequeño que ambos se coloca en medio de los dos para tratar de evitar el enfrentamiento, pero no pasan diez segundos cuando uno de los hombres saca el primer puño contra el otro, que lo esquiva bien, pero dejando a Alex expuesto y en el campo del golpe.
—¡Alex! —grito al ver que su rostro es doblado por el puño del hombre y bajo del taburete. El otro hombre se acomoda para dar un derechazo a su contrincante pero también va a parar en el hombro de Alex—. ¡Oh, por Dios! —me adelanto hacia el ring en el que se ha convertido la cueva, en el que un grupo de hombres, algunos haciendo apuestas, se ha congregado para ver la pelea que parece tener un solo fin: terminar con Alex—. ¡Chicos! ¡Chicos!
—¡Aléjate Zara! —vocifera cuando ve que me acerco al campo de batalla.
—¡Alex! —me angustia pensar que pudieran golpearlo otra vez, y así sucede, un nuevo golpe arremete, solo que esta vez sucede de un motorizado al otro—. ¡Alex, sal de ahí! —le digo entre el grupo de hombres animando la pelea.
—¡Mantente alejada, Zara! —dice enfadado, dándole un derechazo al primer hombre que le golpeó, derribándole al suelo. El otro al ver la ventaja que tiene se va contra el caído pero Alex lo impide y le saca a rastras de la Cueva.
Terminado el espectáculo me acerco para asegurarme de que Alex está bien aunque sea obvio que está herido.
—Estoy bien —me dice. Acerco mi mano a su mejilla inflamada mientras él me mira.
—Iré por hielo.
Me retiene por el brazo cuando me vuelvo hacia la barra.
—Puedo cuidarme solo. Llevo haciéndolo los últimos cinco años.
—Lo sé.
—Todavía no me has dicho qué demonios estás haciendo aquí.
—Porque todavía no lo sé.
Camino hacia la parte interior de la barra para buscar hielo.
—Es un clásico tuyo no saber lo que quieres.
—Es un clásico tuyo querer saberlo todo.
Envuelvo hielo dentro de un trapo y se lo llevo a la mejilla, no de muy buena gana, es bueno advertir, sus ojos me miran calientes, con odio.
Recupero mi tarro y de un trago tomo el resto del contenido de mi cerveza, saco un billete del bolsillo de mis shorts, se lo coloco en la mano y me largo de La Cueva del Dragón, esta vez —tal vez—, para siempre.


Nota: los personajes de Zara y Alex están inspirados en Zoey Hart y Wade Kinsella de la serie Hart of Dixie.

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lunes, 2 de abril de 2018

Agatha Mercury - Relato



Hace unos días encontré en Twitter una iniciativa que me llamó mucho la atención, se trata de un ejercicio de escritura impulsado por la página literautas.com que consiste en poner en práctica las técnicas de escritura de los autores denominada "Móntame una Escena". La idea de este mes consiste en crear un relato acerca de un autor con miedo al famoso "bloqueo de escritor". La iniciativa me movió, pocas veces tengo la oportunidad de participar en estas actividades, además de que no siempre se cuenta con la inspiración, pero digamos que ya tenía pensado un personaje con este problema. Así que sin más, les presento a Agatha Mercury, el álter ego de una escritora con bloqueo.
 



 Agatha Mercury

Vamos… Agatha Mercury necesita algo.
Necesitamos algo, Agatha Mercury…
¿Por favor…?
Pero no sucede nada.
He seguido todos mis rituales para cuando voy a empezar a escribir una nueva historia: me he dado un baño de burbujas, puesto mi lencería favorita, servido una copa de vino y cortado un trozo de pie de limón, casi como si estuviera coqueteándole al ordenador; pero hoy mis técnicas seductoras se han oxidado pues llevo tres días delante del monitor incapaz de conseguir una frase. Incluso he intentado el viejo método de escribir en mi cuaderno de notas, empleando el mismo lápiz con el que empecé a desarrollar aquel primer borrador que me llevó a un best seller internacional, pero no sucede nada. Es como si se me hubiera privado del privilegio de la creatividad de la noche a la mañana… bueno, desde hace nueve noches, pues desde hace ocho que mi editor está presionándome con una exclusiva de mi próximo éxito… no, perdón, del próximo éxito de Agatha Mercury. Agatha Mercury, este seudónimo que me inventé para tratar de mantenerme lo más privada posible, incapaz de creer que mi primera novela se convertiría en una sensación internacional y que todos querrían conocer a la mujer del nombre fascinante. Agatha Mercury, la de las tormentas de ideas, capaz de crear un sólido manuscrito en veinte días, hoy parece un Sahara. Árida e Infértil de ingenio.
—Vamos, Agatha, tú puedes —le comunico porque Agatha y yo somos dos entes distintos, ella es la Sasha Fierce de mi Beyoncé, la genio, la creativa, yo apenas soy una chica común que un día dejó su pueblecillo y algo más para realizar su sueño de ser editora, incrédula de que terminaría convirtiéndome en escritora.
Spring Falls. Ahí empezó todo.
Los recuerdos me golpean uno detrás de otro.
Spring Falls… el nombre, el pueblo, sus calles y el rostro de un chico se presentan en mi mente para darme una gran idea. La idea más creativa e inesperada que he tenido en mucho tiempo. Cierro la laptop, me pongo un suéter sobre esta ridícula pijama de seda que suelo ponerme cuando a Agatha se le antoja escribir, tomo el cepillo de dientes y lo guardo en una maleta que suelo tener lista para los llamados a firmas y ferias de libros a los que Agatha con su desorganización y falta de sincronización debe asistir, y doy rienda suelta a este arrebato. Agatha podrá ser la de las tormentas, pero yo soy la de los impulsos. Me pongo un poco de rimel en las pestañas y de gloss en los labios, guardo el teléfono y la laptop en el equipaje y localizo el pasaporte, pues, aunque Spring Falls está a una hora en avión. En realidad nunca sé qué lugar me tiene deparado el destino. 

Una hora después 
En la sala de espera del aeropuerto, mientras espero la salida de mi vuelo, se termina mi bloqueo de escritor con Agatha de compañera, haciendo lo que mejor sabe, crear una historia.